Transparencia sí, ¿pero a costa de quién?

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La transparencia fortalece la democracia, pero también debe proteger la privacidad y seguridad de las familias de los servidores públicos. Equilibrio

Transparencia patrimonial: ¿hasta dónde debe llegar sin poner en riesgo a las familias?

Cuando la rendición de cuentas termina exhibiendo a quienes nunca eligieron participar en la política.

La transparencia es una de esas palabras que generan consenso inmediato. Nadie quiere ser señalado como alguien que está en contra de rendir cuentas. Y, en efecto, en una democracia sólida los servidores públicos tienen la obligación de explicar cómo actúan, cómo administran los recursos y cómo evoluciona su patrimonio.

Pero existe una pregunta que pocas veces se plantea con seriedad:

¿Dónde termina el interés público y dónde comienza el derecho a la privacidad?

Porque una cosa es vigilar al funcionario y otra muy distinta es convertir a su familia en parte del debate político.

La transparencia tiene un propósito

La declaración patrimonial no surgió por casualidad. Su finalidad es fortalecer la confianza ciudadana mediante mecanismos que permitan:

  • Verificar que el patrimonio de un servidor público corresponda con sus ingresos.
  • Detectar posibles conflictos de interés.
  • Desincentivar actos de corrupción.
  • Generar mayor confianza en las instituciones.

Hasta ahí, el objetivo resulta legítimo.

El problema aparece cuando una herramienta diseñada para combatir la corrupción comienza a generar riesgos que originalmente nunca fueron parte de su propósito.

El costo invisible de la transparencia

Detrás de cada declaración patrimonial no solamente existe un servidor público.

También aparecen su cónyuge, sus dependientes económicos y, en algunos casos, personas que jamás solicitaron ocupar un cargo público.

Entonces vale la pena preguntarse:

¿Por qué alguien que nunca decidió participar en política debe quedar expuesto simplemente por tener un vínculo familiar?

Más aún en una época donde los ataques informáticos, el robo de identidad, las filtraciones de información y el crimen organizado forman parte de una realidad que nadie puede ignorar.

Aunque la ley establezca mecanismos para proteger datos personales, la experiencia reciente demuestra que ningún sistema es completamente invulnerable.

Cuando una base de datos es vulnerada, ya no importa si la información era "confidencial". El daño ya está hecho.

Y ese riesgo no recae únicamente sobre quien ocupa un cargo público.

También alcanza a su familia.

Cuando la transparencia se convierte en espectáculo

Existe otro fenómeno igual de preocupante.

En ocasiones, la información patrimonial deja de analizarse con criterios técnicos o jurídicos para convertirse en material de confrontación política.

Basta un apellido, una escritura pública o una relación familiar para construir narrativas que buscan generar sospechas antes que certezas.

Las redes sociales hacen el resto.

Primero llega el juicio.

Después, si queda tiempo, aparecen las pruebas.

Y cuando finalmente se demuestra que no existía ninguna irregularidad, el daño reputacional ya ocurrió.

Una historia que ilustra el problema

No se trata de una preocupación nueva.

Recuerdo que, alrededor del año 2007, ya que yo ocupaba una curul en el congreso local de Aguascalientes, comenzó a circular un documento firmado por un supuesto "Comité Vecinal de Aguascalientes".

El nombre sonaba bastante representativo.

Tan representativo que nadie sabía exactamente quiénes lo integraban.

En aquel escrito se involucraba incluso a familiares de mi esposa utilizando expresiones como "parentesco por afinidad"  para intentar relacionarlos conmigo.

También hacían referencia a escrituras públicas, nombres de fedatarios y operaciones inmobiliarias realizadas entre particulares.

Todo ello con un detalle importante:

Desde el punto de vista jurídico, aquellas operaciones no constituían ninguna irregularidad.

Sin embargo, el objetivo parecía ser otro.

Construir una narrativa.

Porque pareciera que, bajo cierta lógica, si alguien decide participar en política, entonces toda su familia pierde automáticamente el derecho a comprar, vender, heredar, invertir o realizar cualquier acto patrimonial legítimo.

Llevando ese argumento al extremo, sería como pedir que los familiares de cualquier servidor público solicitaran autorización antes de firmar una escritura.

Suena exagerado.

Precisamente porque lo es.

Más aún cuando uno de los terrenos mencionados en aquel documento terminó convirtiéndose en lo que hoy conocemos como el relleno sanitario de San Nicolás, infraestructura que durante años ha prestado servicio a miles de aguascalentenses.

El detalle que parece sacado de una comedia

Pero quizá el episodio más curioso aparecía al final del propio documento.

Después de formular diversas acusaciones, sus autores concluían diciendo que omitían sus nombres por temor a sufrir represalias.

Lo paradójico es que esas supuestas represalias vendrían... del mismo funcionario al que ellos estaban dirigiendo el escrito para solicitar una investigación.

Hay ocasiones en las que la realidad escribe mejores guiones que la ficción.

Transparencia y derechos: un equilibrio necesario

Defender la privacidad no significa estar en contra de la transparencia.

Tampoco significa renunciar a la rendición de cuentas.

Significa reconocer que ambas pueden convivir.

La democracia necesita instituciones fuertes que fiscalicen a quienes ejercen el poder.

Pero también necesita proteger los derechos fundamentales de personas que jamás decidieron convertirse en personajes públicos.

El verdadero reto consiste en encontrar un equilibrio donde la transparencia permita combatir la corrupción sin abrir la puerta a la exposición innecesaria, al uso faccioso de la información o a la vulneración de terceros.

Porque una democracia madura no mide su fortaleza por la cantidad de datos que hace públicos.

La mide por su capacidad para distinguir entre lo que realmente pertenece al interés público y aquello que forma parte de la esfera privada de las personas.

La reflexión

La transparencia debe seguir siendo una herramienta para fortalecer la confianza ciudadana.

Nunca una excusa para convertir a las familias en daño colateral de la confrontación política.

Cuando olvidamos esa diferencia, dejamos de construir instituciones y empezamos a normalizar una política donde el espectáculo termina desplazando a la justicia.

Porque rendir cuentas es una obligación.

Proteger los derechos de las personas, también.

 

En una democracia, las mejores decisiones nacen del diálogo informado.

La transparencia debe ser un instrumento para fortalecer la confianza ciudadana, nunca un mecanismo que vulnere derechos fundamentales.

¿Tú qué opinas?

  • ¿Crees que la información patrimonial debe ser totalmente pública?
  • ¿Dónde debería establecerse el límite entre el interés público y la privacidad?
  • ¿Cómo proteger a las familias sin debilitar la rendición de cuentas?

Comparte este artículo y participa en la conversación. Una democracia más sólida también se construye escuchando distintas perspectivas.

 

 

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BLOGGER

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